sábado, 7 de marzo de 2015

Mi noche en la zona de guerra

Compañeros de la especialidad y ajenos solían decir que la residencia de Medicina Familiar no tenía guardias, que a lo más se llegaba hasta las 23 horas para de ahí tomar sus cosas e irse a casa con conocimiento extra, y el mínimo de sacrificio si es que aquello podía ser denominado así. Y peor aún, en algún momento me tragué ese cuento con el que muchos justifican el desprecio a mi especialidad.
Sin embargo, el miércoles de esta semana constaté por mí mismo que todo eso eran mentiras o verdades a medias de aquellos que de verdad no se toman enserio a sí mismos. Desde las 16 horas hasta las 6 del siguiente estuve encerrado en la sala de urgencias, sin un solo instante disponible para sentarme a hacer nada. Como siempre, había una sobresaturación de esas que a los reporteros lamebotas de Televisa les encanta juzgar de lejitos en las redes sociales; la demanda de atención sobrepasaba la capacidad del hospital, al grado que dos pacientes estaban internados contando solamente con una silla para reposar, mientras el resto yacían hacinados encamillados en los pasillos esperando que una cama se desocupara para ellos.
Los residentes de Urgencias estaban a manos llenas ocupándose de atender a sus pacientes mientras se les iban acumulando pendientes, y nosotros de Medicina Familiar atendíamos cada indicación sin ejecutar en el esfuerzo de ayudar a desahogar las labores. Los pases de visita se vieron interrumpidos dos veces por accidentado e infartado, ancianos y señoras nos pedían que les prestáramos atención a sus dolencias, la noche se hacía más larga y la necesidad de alimento pasaba a último plano tratándose de cumplir como se nos exigía.
Así, tras cinco años de no volver a atender en un área de Urgencias, me reestrené con una guardia muy salada en la que aprendí a hacer procedimientos que jamás tuve oportunidad de llevar a cabo, asistí en la respiración artificial manual de un hombre que por horas no contó con un respirador automatizado (todos acabamos muertos al día siguiente), ví que tengo la capacidad de atender a un paciente urgente sin necesidad de ser urgenciólogo, y que no comer era el último de mis problemas.
El límite nos lo ponemos nosotros mismos, y yo decidí no echarme para atrás, apechugar y someterme periódicamente a estas experiencias duras que me harán un médico resolutivo y útil en mi servicio social futuro.

Por eso, desde esa noche me siento sumamente orgulloso de decir que soy un Médico Familiar.

3 comentarios:

la MaLquEridA dijo...

Por eso -hospitales al tope- no me doy de alta en el seguro. Algún día tendré que hacerlo pero mientras sólo pido que si caigo algún día en un lugar de esos, me toque un médico como tú.

Te felicito.

Un abrazo

Lucerita Asíntota dijo...

Y a pesar de mis mala experiencias con el seguro, tanto como familiar y trabajadora, puedo también decir con orgullo que tengo por novio a un Médico Familiar sumamente entregado y responsable...

Te amo

Aseret dijo...

Hace mucho no voy al Seguro, pero sé cómo es eso de trabajar sin parar más de 24 hrs... no es que nos demos golpes de pecho pero hay cosas que nadie más sabe o comprenden si no lo viven jiji....