Hace ya casi tres semanas que mi hermano menor se fué de la ciudad a buscar trabajo con sus amigos en tierras más prósperas. Por un lado yo percibo su ausencia al no escuchar programas pendejos saliendo de la bocina de la tele, no contando con las visitas indiscretas de mi cuñada que siempre me tienen en la sala esperando a que se desocupe mi cuarto, la libertad de encender y apagar la luz cuando quiera, no ver ropa acumulada en la silla de escritorio o envases vacíos de whiskey y lociones dizque de colección ocupando espacio útil de la habitación, o fiestas ruidosas de fin de semana que nos apenen con los vecinos la mañana siguiente...pero también lo hago al ver a mis padres a ratos desanimados, otros felices de escuchar el teléfono sonar y hasta con cariño extra para mi hermano mayor y yo que sabemos le corresponde a él.
Afortunadamente medio hicimos las paces ya hace algún tiempo y parece que quizás no tendremos qué evitar vernos las caras en reuniones familiares como lo envisioné por años, pero no negaré que me siento menos tenso sin él cerca. Tal vez en unos meses hasta lo extrañe.
Pero lo que más me deja pensando y creo que también a los habitantes restantes de la casa es la incógnita de cuándo, cómo y quién será el siguiente en salir volando del nido...
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