No hay mejor elogio para mi habilidad de hacerle piojito a mi mascota (quien por ahora se encuentra bien) que me escolte a la cochera el auto y me espere impaciente a que abra la puerta, se me trepe y a su manera me pida que lo rasque, lo acaricie y lo llene todo de palmaditas por varios minutos hasta que el condenado me quita las patas de encima y me deje bajar del carro.
Mientras aún pueda gozar de su nobleza, su lealtad y su inocencia animal, lo seguiré queriendo y me dejaré querer por mi polvoriento y pequeño amigo.
miércoles, 27 de agosto de 2014
Huellitas de tierra en mi pantalón negro
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