martes, 4 de diciembre de 2012

Castillo de Mentiras

No es de sorprender para muchos que a veces me quedo pensando en el pasado, recordando momentos de dicha, de paz, unión y tranquilidad de conciencia; algunas veces la introspección es tanta que me quedo fijo solo en los aspectos positivos, y comienzo a cuestionarme por qué termino perdiendo lo que más quiero, y si mis decisiones fueron correctas ahora que he aprendido un poco más sobre lo complejas que somos las personas moralmente.

Anoche tuve una pesadilla que me recordó que la razón por la que mi paraíso de aquellos años se había desmoronado no fué (principalmente) cosa de orgullo herido, de pleitos que llegaban a extremos un tanto espantosos o de indecisiones...sino a causa de una vorágine de mentiras que al caerse el castillo de naipes, me hicieron ver viví engañado por años.

Bajo circunstancias que yo aún desconozco, nos habíamos vuelto a ver las caras y estaba dispuesto a hacer las paces ahora que la ira se había extinguido. Conversamos mucho, nos pusimos al corriente de nuestras vidas, compartimos las tristezas que a ambos nos golpearon al perder los dos por igual miembros de nuestras familias, y de alguna forma se sintió que nuestro estado natural era la convivencia pacífica, sin agresiones pasivas de mi parte.

Entonces ocurrió: sonó el timbre y ahí estaban sus hermanos recién llegados a la ciudad como un gesto espontáneo de cariño...y venían en compañía de su difunto padre. El hombre se veía ya golpeado por sus enfermedades crónicas, recién le habían amputado una pierna y hasta sudaba de dar unos pocos pasos con sus muletas, pero ahí estaba...vivo a final de cuentas.

Al ver frente a mis narices la contradicción, todos los recuerdos llegaron a mí como trueno que cae sobre la tierra. Volvió a mí el recuerdo de una enfermedad que nunca existió, de supuestas amenazas, de los delirios de persecución, los inventos de terrores nocturnos y evaluaciones psiquiátricas en la niñez, de viajes traumáticos que gracias a su hermana y madre aprendí que jamás ocurrieron, historias de maltrato donde también existían dos testimonios en su contra, cursos que jamás llevó a cabo y tareas extracurriculares enjaretadas a ella que en realidad nunca existieron (otro testimonio de una persona de fiar). Muchas mentiras alrededor de las cuales yo genuinamente temía por su bienestar, su vida y su felicidad, que a veces me llevaron al extremo de odiar gente, desconfiar de extraños, llamar a la policía o pedir ayuda desesperada a gente de confianza, haciéndome ver en última instancia como un loco paranoico una vez que supe la verdad. Entonces, fué que desperté.

Aclaro que su padre efectivamente murió, pero su aparición inesperada en mi sueño sirvió para darme el recordatorio de por qué al calor de mi arranque de ira quemé los barcos y destruí los puentes que posiblemente conducirían a que la perdonara y fuéramos al menos amigos. Me importa un carajo si hizo eso por maldad o a causa de algún trastorno psicológico o psiquiátrico: a final de cuentas viví engañado por años y esa enorme cantidad de mentiras eran evidencia de lo inestable y peligroso que era ese castillo que quería reinar a su lado.


Yo ya soy una persona menos crédula y soy adepto a nunca tratar de cargar el equipaje mental de mis amigos o amores. Pero aunque ya no vivo lleno de odio, esta lección de vida nunca la olvidaré como anoche lo hizo saber mi subconciente.

3 comentarios:

la MaLquEridA dijo...

Tu texto es muy personal y no lo entiendo mucho pero me da gusto saber que estás mejor.


Cuídate.

M. Hunter dijo...

Que cabrón es saber lo que padeciste, dude. Pero al menos eso ya quedó en el pasado, no hay más que seguir adelante. Un abrazo!

Lucerita Asíntota dijo...

Las cosas pasan, las mentiras se caen... Pero eso nos hace más fuertes ¿No? :)