Además de que sacan a flote mis instintos paternos y de momento me bastan para poder calmar ese impulso en mi cabecita que me dice que se acerca el momento de procrear, son la mejor clase de pacientes: si les prometo no inyectarlos contestan bien a todas mis preguntas, para todo me hacen preguntas que con mucho gusto les doy una respuesta satisfactoria, ellos me platican sus cosas y yo las mías, y hasta puedo ser sincero con ellos teniendo la seguridad de que sus papás no les creerán pensando que exageran o que bromeo (por ejemplo, yo les he confesado a ellos que de niño quería ser doctor porque creía que podría ser un supervillano como los de las caricaturas o James Bond...muchos tienen el título de doctor).
Me gusta también tratarlos porque a diferencia de los adultos, no tienen miedo a levantar la mano, responder una pregunta ya sea bien o mal, y si los paso al frente para que me ayuden con una demostración o dinámica, le entran con mucho entusiasmo.
La razón de ésto es quizás porque yo no me he olvidado para nada de lo que es ser un niño. No he olvidado lo que se siente que nadie te escuche, que no tomen enserio tus opiniones, tus ideas o tu propia experiencia en la enfermedad o en las vivencias diarias, que para todo tu papá, tu mamá o el maestro hablen en tu nombre sin saber realmente lo que pasa contigo, que la gente se enoje contigo sin razón aparente porque juegas y ríes hasta en una iglesia, que eres el único al que le consta que otros niños pueden ser igual de crueles y malvados que un adulto, que a veces un poco de atención extra hace la diferencia entre una lección aprendida a medias a una lección que jamás se olvida, que existen diferencias abismales entre la negligencia, un regaño y los golpes (aunque como a mí me funcionaron, no estoy en contra de las nalgadas y los chanclazos siempre y cuando solo sean los papás quienes los propinen), y que una sonrisa o una cara bien loca de parte de un adulto son la mejor señal de que vienen en son de paz que promesas falsas de "el piquete no va a doler" (razón por la cual no inyecto a menos que sean vacunas...no me gusta que los niños me teman).
Estos dos días he tenido oportunidad de dar pláticas o atender sus gripas de la temporada, y si ya de por sí me hacían feliz mis pacientes adultos y ancianos, los niños son los que me dan razones de peso para sentirme bien y siempre concluir que éste es el camino que mi vida siempre debió haber tomado.
2 comentarios:
Aplausos niño Eduardo.
Me hiciste recordar algo de cuando eres niño no te ponen atención, eso sucede mucho conmigo cuando en casa ven fútbol, soy como los niños quiero que me atiendan en lo más interesante del juego y nadie me hace caso a menos que me pare frente al televisor.
Creo que en esta etapa adulta me he convertido en una niñota.
Los niños no me caian, eran formas de vida problematicas y bulliciosas, hasta que llego mi sobrino, me cambio la forma de ver a la gente chiquita, con el aprendi la paciencia y el cariño incondicional, la forma curiosa en que se sorprenden de cosas que yo ya doy por sentadas!! Siempre digo que estoy en contacto con mi niño interior y eso me ayuda a comunicarme con ellos.
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