sábado, 25 de julio de 2020

Mis sentimientos son míos

Desde que me enrolé a mi sitio de trabajo actual, en los cursos de adherencia a las normas y conducta mencionan mucho que es común que tratar diario con todo tipo de gente puede generar situaciones como la descrita anoche, y sin embargo dejan muy pocos recursos para lidiar con ello.
Estando conciente que no es lo mejor dejarme llevar por las emociones negativas, y que la gente irremediablemente va a cagarla siempre como lo han hecho por milenios, he buscado además de terapia, otros métodos para el manejo de la ira.
Lo más recurrente con lo que me he topado, es la racionalización de ésta y su génesis: la ira no la originan los actos de las personas o sus palabras, sino la interpretación que yo elijo darles, y la forma en la que externo los sentimientos es pura obra y gracia mía, y de mí depende cómo la canalizo. 
Así, he optado por no ocultar mi frustración, pero opto por emplear las palabras correctas para minimizar el daño, emplear el tono de voz menos agresivo posible y asumir totalmente la responsabilidad de éstas al explicar por qué me enojo, por qué me desespero y por qué necesito que respondan a mis preguntas y cooperen con las maniobras de exploración que debemos hacer en un tiempo muy limitado. Al final, cierro con una disculpa por las molestias, malentendidos o roces, prometiendo que ya con la información que me proporcionaron las siguientes consultas serán más llevaderas y directas.
También procuro hacer cambios agradables al consultorio que me distraigan un poco de esos malos ratos, impregnando el ambiente de incienso de varios aromas (con la habitación bien ventilada, no quiero ataques de asma en mis pacientes), y pequeñas decoraciones con motivos de gato que me evoquen a mis pequeñitas en casa.
Y ya como recurso final, un mantra muy que redacté hace meses que me sirve de recordatorio de que la gente acude a mí sin saber qué hacer, que es común que no sepan ni cómo explicarme qué tienen, que es típico que empeoren el problema tratando de resolverlo solos, que es mi labor guiarlos hacia otro camino, las elecciones buenas o malas que tomen no deben de importarme, y que debo enfocarme en terminar el trabajo y volver a casa con mi familia, por quienes procuro dar lo mejor de mí.

No soy un ser de luz, soy imperfecto. Pero no quiero que eso sea un obstáculo para que sea una mejor persona cada día y que alcance la anhelada paz mental sin hacer daño a nadie.

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