martes, 7 de marzo de 2017

Otra Perspectiva




Recientemente, en una pedaleada camino a casa me detuve a contemplar una visión añeja: la primera vez que me dí cuenta de la existencia de esa torre de campanario fue a los 5 años, el primer día de clases en un nuevo Jardín de Niños, a un par de cuadras de distancia de la Iglesia. Mi primera impresión era que esa cruz se veía por mucho más enorme que el crucifijo que adornaba la habitación de mis padres, y el solo pensar en su largo y peso me parecía abrumador y un tanto desconcertante imaginar que de caerse esa cosa seguro iría a aplastar más de una propiedad con gente adentro.
Al percatarme que tenía en su interior escaleras, barandales y hasta una escalera metálica colgante me ponía todavía más nervioso, pues eso ya me sugería que alguien tenía la obligación de treparse a esas alturas para hacer sabe qué trabajo peligroso con el riesgo de caerse y morirse (para entonces fue reciente mi descubrimiento de que era acrofóbico).
Verla de lunes a viernes a la distancia hacía que tuviera sentimientos encontrados de respeto y temor, pues sumado a lo anterior, ese lugar era la casa de Dios según mis mayores, y por ende tal vez me veía desde esa cruz enorme y blanca muy atento a cada una de mis acciones, palabras y pensamientos (seh, lo empeoró el día que a las maestras se les ocurrió llevarnos el Miércoles de Ceniza a una misa conmemorativa y comenzaron las clases de tinte religioso en mi currícula).
La cereza del pastel fue que con cada amanecer y anochecer me hacía más conciente de que las campanadas que escuchaba a lo lejos desde mi casa provenían de ese lugar tan misterioso e imponente, y me preguntaba mucho en mis adentros por qué un sonido tan potente y escabroso tenía qué anunciar el principio y el fin de la noche al igual que en las películas de horror de mi papá también era una señal de mal augurio. Hasta que cumplí los 8 años no terminé de desechar el sentimiento de temor ante aquel sonido que para otros era una convocatoria de fe, esperanza y a veces aburrimiento.

Ahora de adulto puedo apreciarla estéticamente independientemente de mi agnosticismo, sin embargo creo que hasta el último de mis días me será imposible no asociar esa estructura con temores infantiles de un Dios Omnipresente.

1 comentario:

Unknown dijo...

Wow, todavía escribes en blogger
Están increíbles tus fotos y todo