No era la primera vez que mi linda chica cursi me pedía conversación en una noche de insomnio, pero sí era la primera vez que me encontraba físicamente a su lado. Así que antes de invitarla a abrirme su corazón, me recosté mirándola a su costado derecho, tomé su mano aún anillada, y consentí a escuchar cuanto a ella le mortificara.
Se sintió distinto a otras veces. Su mano estrujaba la mía en sus momentos de dolor, y yo la suya cuando le reafirmaba mi solidaridad. Su estómago era rodeado por mis brazos cuando en sus palabras encontraba dejos de soledad, mis manos y su rostro inevitablemente se encontraban cuando las lágrimas rodaban por sus mejillas de niña, y mis palabras eran solo para su oido cuando ella sentía que la incertidumbre se cernía sobre ella.
Nuestras voces eran susurros en la oscuridad sin dueños ni cuerpos. Mi corazón latía en sincronía con el suyo de tanto que se acercaron. Ella era mi mar de calma vuelto una tormenta, y yo trataba de ser el faro que le señalizaba seguridad a pesar de la violencia con la que sus temores la azotaban.
Al final, casi amaneciendo ella y yo terminamos sellando nuestra larga conversación con un beso. Yo le ofrecí mis brazos y ella se arrojó a ellos para dormir conmigo haciéndola de su cobertor.
Esa noche por primera vez sentí que cumplí bien mi rol de esposo. Y esta noche que mi esposa escuchó a mi corazón, me hizo recordar que ya nunca más estaremos solos.

1 comentario:
¿Por qué no había leído esto? Es muy tierno.
Besos
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