Hace algunos días la gentuza del sindicato hizo de nuevo de las suyas y comenzaron a levantarnos falsos tratando de provocarnos, todo con tal de que desistamos de hacer nuestro trabajo ahora que vieron que no se nos puede sobornar, chantajear o amenazar.
Cuando uno de esos cabrones me la trató de jugar a mí gritándome como vieja histérica con el palo mal ensartado en la cola, acusándome de acosarlo solo por salirme de mi cubículo a dar las buenas tardes y extender una invitación protocolaria a la valoración médica, luché contra mi ego y las groserías las respondí con amabilidad y educación.
La mano me tembló por horas del esfuerzo que hice por tragarme la ira, los deseos de echarle en cara al cabrón lo deshuevado que me salió, de decirle cuánto me la pela su gremio de iletrados que nada me puede hacer y el cojare que me dió darme cuenta que por más que nos la cante el departamento de seguridad e higiene, en realidad nosotros estamos solos.
Me alegro de ver que ya hace rato me dejé de pendejadas de dimes y diretes y comencé a actuar según mi categoría, pero debo admitir que es un poco frustrante que mientras más renombre tiene uno, los mediocres que no tienen nada qué perder pueden hacernos los que queramos sabiendo que solitos nos mancharemos la reputación al rebajarnos.
Ya me está comenzando a cansar el juego de la paciencia.
1 comentario:
Las difamaciones y envidias siempre están a la orden del día... Es saber mantenerse alejados, creo que la mejor defensa es la indiferencia.
Salu2!!
Publicar un comentario