Por tres días estuve cazando como loco accesorios para caracterizarme de payaso en el evento que habíamos agendado para el 28 de Mayo: una festividad tardía de Día del Niño y de la Madre para gente de una institución afiliada.
Originalmente iba a disfrazarme de Bane como ya se los había contado previamente, pero como querían algo más amigable lo único que se me ocurrió fue de ir como payaso doctor.
Gasté cerca de 500 pesos en maquillaje, peluca, tirantes, guantes blancos, un clavel y juguetes de novedad para verme lo más alegre posible, tal vez hasta jugar con mi chipote chillón (como el del Chapulín Colorado) con algún niño que se tropezara al jugar o algo por el estilo...
Pero qué decepción me llevé cuando a los quince minutos de haber aparecido disfrazado un grupo de niños pendejos comenzaron a decirme majaderías, tratar de quitarme mis cosas y hasta desafiarme a que no les hacía nada. Grave error. Lo que esos niños no sabían es que aún en estas fechas yo guardo mucho odio y rencor de mi niñez y adolescencia cuando era incapaz de quitarme de encima a imbéciles de esa categoría (solo que más nice a diferencia de esas zarigüeyitas de colonia popular), y el solo recordatorio de esos días hizo que quitara la voz de Cepillín, borrara mi sonrisa y le respondiera a cada uno sus insultos con un golpe de mi juguete chillador directo a sus cabezas, fluyera el sarcasmo de mi boca y cada que los veía hacer una pendejada los paraba en seco gritándoles como Nazi a viva voz desde lejos.
No he recibido llamadas de atención y he sido claro con mi jefa que desde el momento en el exploté me mantuve alejado de los niños al saberme capaz de mandarlos a urgencias con la doble amputada de orejas que les iba a dejar de tan fuerte que iba a tirar de ellas. Se mostró comprensiva y le parece que en realidad no fué la gran cosa la forma en la que los agredí, pero la verdad es que me vale gorro si al final resulta que alguien se queja de mí y me despiden.
Yo sé que los niños no son angelitos, que son seres humanos capaces de cosas extraordinarias y también horrorosas, pero creo que ningún niño (mucho menos de edad escolar) puede pasar por la vida sin probar las consecuencias de sus actos y palabras, y eso incluye provocar a la persona equivocada y aprender a la mala la lección (aunque bueno, yo también me jugué mi suerte porque no sé si el padre de alguno de esos desperdicios de dinero es un naquete con pistola).
En fin, hoy cierro con la reflexión de que el cinturón debe volver recargado de su largo letargo como instrumento de reeducación, que ningún niño que no conozco merece que me gaste 500 pesos por él en cosas alegres y bonitas, que los niños inocentes y puros son tan raros como el unicornio y que la venganza aunque es un plato que se sirve frío, caliente hace algo de analgesia...¡como las compresas humedas!
2 comentarios:
Ah, ya pude. :()
Ese tipo de niños sólo reaccionan a su ambiente, lamentablemente está muy viciado.
Salu2!
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