viernes, 8 de junio de 2012

Un recuerdo recuperado a lo wey

Estaba hoy como siempre en la pendeja en mi casa dándome un break de mi sesión de estudio, cuando de repente pasando por el pasillo me llegó un olor a madera y citricos secos. No tiene quizás para ustedes mucho de relevante eso, quizás eso se debía a que el muy masoquista de mí se me olvidó encender el aparato de aire durante esas horas y los hedores de la resina calentándose en alguna parte de la casa mas el de los limones que se estaban secando cerca en la cocina estaban haciéndose evidentes. Pero ese olor tiene su historia.

Desde pequeño siempre que visitaba una casa ajena (en especial en tiempos de verano) me era inevitable percibir ese extraño olor que muchos llamarían "a leña de otro hogar", esa sensación que te pega tan pronto cruzas el umbral de una casa ajena y te genera las primeras impresiones. No es precisamente el mismo olor siempre, pero de todos creo que este es el más recurrente de todos.

Incluso me acordé de la primera vez que lo percibí, por allá de 1989 cuando por primera vez a la edad de 4 años visité la casa de un amigo saliendo de la escuela para jugar. Su nombre era Paco, vivía a unas cuantas calles de mi casa, pero siendo tan pequeños esa mínima distancia parecía un largo trecho. Vivía con su madre (divorciada, muy joven y atractiva en ese entonces) y sus abuelos (ambos eran la onda, muchas veces me he reencontrado a su abuela ya de adulto, y siempre es un gustazo volver a saludarla), su sala tenía esa particular fragancia, muy probablemente debida a la cantidad de muebles viejos que la adornaban, y al limonero agonizante que tenía en su patio.

No fue particular esa sesión de juego: comimos, vimos televisión pendejamente, nos hicimos weyes un rato con sus juguetes, y husmeabamos por toda la casa nomás por puro ocio (tenían una piel de coyote bien curiosa, su abuelo ante nuestra curiosidad nos explicó los pasos para despellejar un animal) y hasta acabamos leyendo los Libros Vaqueros del señor con su consentimiento (aunque nos quedamos clavados con las redondeces de las monas, a final de cuentas para nosotros en ese entonces eran meramente comics, para mí era natural verlas así de exhuberantes gracias a los ejemplares de Fantomas de papá). Al final acabó el día con nosotros jugando en el patio con tiliches y un triciclo hasta que mamá llegó por mí. No era nada del otro mundo, pero sí que fue un grato recuerdo mi primera visita a casa de un amigo.


Curioso cómo un olor puede sacar a relucir recuerdos así de vívidos, ¿eh?

1 comentario:

TeReSa dijo...

El olfato es casi infalible, en especial a los recuerdos.

En mi caso, la mayoría de las veces son recuerdos no muy felices.

Salu2!!