Después de varios meses, hoy tuve una pesadilla nueva que como siempre me hizo despertar de la chingada. Esta vez todo giró en torno al maldito examen de residencias.
En mi pesadilla, por alguna razón x (porque los sueños jamás tienen sentido ni obedecen ninguna ley de lógica o continuidad de tiempo) cuando emprendí mi viaje al destino marcado por los calendarios, al momento de mi llegada sobrevinieron una serie de descubrimientos espantosos. Primero que nada que el hotel al que me había registrado no tenía en su sistema mi registro y no hubo forma de comprobar la transacción; después de irme a otro hostal (esos días la cosa se satura alarmantemente) resulta que tengo qué compartir habitación con más weyes tensos por el ambiente que se respiraba (no fue nada agradable la forma en la que descubrí que tenía roomies justo en el momento que me estaba bañando para irme de inmediato a dormir); y más adelante platicando con ellos descubro que no solo estaban ellos inscritos para otra fecha, sino que además la mía ya se pasó y lo confirmé para mis horrores revisando agendas ajenas a la de mi celular (maldita tecnología del demonio).
Traté de encontrar salidas para remediar el problema de la fecha de incsripción, pero muy dentro de mí sabía que fuera donde fuera se me iría a responder que por esas cuestiones se hacen las inscripciones con mucho tiempo de anticipo, y que mi caso no sería para nada una excepción a la regla como ocurrió con los compañeros del año pasado que se quedaron atrapados en la carretera a Hermosillo.
Era definitivo: sin siquiera haber disputado el título de residente con el examen, y a pesar del año entero de preparación y de gastos monetarios en cursos, mi oportunidad del 2012 de dar un paso más al frente en mi empresa por lograr mis cometidos como profesional se habría frustrado por un estúpido error de logística muy probablemente culpa mía. Realmente no me preocupaba ser la comidilla de los chicos recién graduados o que mi familia y conocidos me tuvieran lástima regresando a casa, sino que conociéndome de rencoroso sabía de antemano que nunca me iba a perdonar a mí mismo el haber fallado a mi promesa solemne a mi persona de este año tomar todas las precauciones posibles para aumentar las probabilidades de victoria.
No quería hablar con nadie, y sabiendo que no quería tampoco regresar a casa a la brevedad posible, solo salí a caminar por ahí hasta que anocheció sin importarme que estuviera extraviado en una ciudad extraña.
Y entonces, desperté.
En mi pesadilla, por alguna razón x (porque los sueños jamás tienen sentido ni obedecen ninguna ley de lógica o continuidad de tiempo) cuando emprendí mi viaje al destino marcado por los calendarios, al momento de mi llegada sobrevinieron una serie de descubrimientos espantosos. Primero que nada que el hotel al que me había registrado no tenía en su sistema mi registro y no hubo forma de comprobar la transacción; después de irme a otro hostal (esos días la cosa se satura alarmantemente) resulta que tengo qué compartir habitación con más weyes tensos por el ambiente que se respiraba (no fue nada agradable la forma en la que descubrí que tenía roomies justo en el momento que me estaba bañando para irme de inmediato a dormir); y más adelante platicando con ellos descubro que no solo estaban ellos inscritos para otra fecha, sino que además la mía ya se pasó y lo confirmé para mis horrores revisando agendas ajenas a la de mi celular (maldita tecnología del demonio).
Traté de encontrar salidas para remediar el problema de la fecha de incsripción, pero muy dentro de mí sabía que fuera donde fuera se me iría a responder que por esas cuestiones se hacen las inscripciones con mucho tiempo de anticipo, y que mi caso no sería para nada una excepción a la regla como ocurrió con los compañeros del año pasado que se quedaron atrapados en la carretera a Hermosillo.
Era definitivo: sin siquiera haber disputado el título de residente con el examen, y a pesar del año entero de preparación y de gastos monetarios en cursos, mi oportunidad del 2012 de dar un paso más al frente en mi empresa por lograr mis cometidos como profesional se habría frustrado por un estúpido error de logística muy probablemente culpa mía. Realmente no me preocupaba ser la comidilla de los chicos recién graduados o que mi familia y conocidos me tuvieran lástima regresando a casa, sino que conociéndome de rencoroso sabía de antemano que nunca me iba a perdonar a mí mismo el haber fallado a mi promesa solemne a mi persona de este año tomar todas las precauciones posibles para aumentar las probabilidades de victoria.
No quería hablar con nadie, y sabiendo que no quería tampoco regresar a casa a la brevedad posible, solo salí a caminar por ahí hasta que anocheció sin importarme que estuviera extraviado en una ciudad extraña.
Y entonces, desperté.
1 comentario:
Yo prefiero las pesadillas en sus mas horribles variantes, antes que soñarme en algo cotidiano; por ejemplo en el trabajo. Si te sueñas trabajando, es como estar haciendo horas extras que nadie te va a pagar.
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